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24/09/2023 Domingo 25 (Mt 20, 1-16)

  • 23 sept 2023
  • 2 Min. de lectura

¿Es que no puedo yo disponer de mis bienes como me parezca? ¿Por qué tomas a mal que yo sea generoso?

Los piadosos, nos identificamos fácilmente con los viñadores de la primera hora. Comprendemos bien la queja de quienes, al final de la jornada, se lamentan al recibir la misma paga que los que llegaron a la puesta del sol. Esta parábola nos invita a volver a formatear nuestro disco duro religioso; nos invita a eliminar la vieja aplicación llamada meritocracia e instalar la nueva aplicación llamada gratuidad. Dios no nos paga según nuestros méritos, sino según nuestras necesidades. El mérito no existe; lo que sí existe es la gratuidad. En otro momento Jesús insistirá en esta gratuidad con palabras fuertes para nuestros oídos: Los publicanos y las prostitutas irán al cielo por delante de vosotros.

No nos lamentemos. Ante la esplendidez de la gratuidad, lo lógico es alegrarnos. Por eso los creyentes no podemos ir por la vida con cara de funeral, sembrando pesimismos y negatividades. Si somos pesimistas e irradiamos amargura es que vivimos un cristianismo que no es otra cosa que cultura o folklore. Ante el Evangelio en general, y ante esta parábola de los viñadores en particular, debemos hacer nuestras las palabras de aquella mística inglesa que repetía: ALL IS WELL; ALL IS WELL. Es decir, todo está bien. Todo está bien, porque Dios nunca pierde el control de la historia. Y todos, todos sin excepción, estamos en las mejores manos.

A nosotros, los viñadores de la primera hora, no nos toca lamentarnos de lo mal que van las cosas. A nosotros, los viñadores de la primera hora, nos toca vivir agradecidos porque haber recibido, sin mérito alguno de nuestra parte, el gran privilegio de la fe que pone tanta luz y tanto sentido en nuestras vidas.

 
 
 

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