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24/11/2023 Santos Andrés Dung-Lac y compañeros (Lc 19, 45-48)

  • 23 nov 2023
  • 2 Min. de lectura

Después entró en el templo y se puso a echar a los mercaderes diciéndoles: Está escrito que mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de asaltantes.

Después. ¿Después de qué? Después de haber llorado sobre su querida Jerusalén y haber lamentado la infidelidad del pueblo. Generaciones de fervorosos peregrinos judíos habían cantado al divisar la ciudad: ¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén (Salmo 122 1-2). Jesús no participa de esa alegría; después de llorar y lamentarse se indigna con quienes convierten la religión en un negocio. Si la salvación es gratuita, el mercantilismo adultera el lugar del culto; aunque todo sea legal. El verdadero culto se practica sirviendo a Dios, no sirviéndose de Dios.

El gesto de Jesús arrojando del templo a los mercaderes fue lo más parecido a una declaración de guerra contra la autoridad religiosa. Con este gesto Jesús firma su sentencia de muerte. La autoridad religiosa comprende que Jesús pretende acabar con los privilegios de raza, condición social y religión; comprende que Jesús trae un modo escandalosamente distinto de vivir lo religioso.

La nueva religiosidad estará centrada en Jesús: Os digo que aquí hay alguien mayor que el templo (Mt 12, 6). La nueva religiosidad no se centrará en los ritos del templo, sino en la fraternidad humana. Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 15, 12). Éste es el auténtico culto en espíritu y en verdad. Es cierto que el templo y el culto siguen teniendo valor para nosotros, pero la piedad religiosa es válida solamente cuando nos ayuda a orientar nuestras vidas hacia los demás.

 
 
 

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