25/07/2026 Apóstol Santiago (Mt 20, 20-28)
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Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacer una petición.
Ella, Salomé; ellos, Santiago y Juan. Los dos hermanos pueden presumir de estar entre los primeros llamados. También, de formar parte, junto con Pedro, de la terna de los preferidos de Jesús: son testigos privilegiados de la Transfiguración de Jesús en la montaña y de la resurrección de la hija de Jairo. Tanto la madre como los hijos creen merecer más que otros: Manda que, cuando reines, estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Cuando los otros diez se enteran de lo tramado por los Zebedeos, se indignan contra los dos hermanos. Todos iguales; todos con sus ambiciones y mezquindades a flor de piel. Ayer como hoy, hoy como ayer. Jesús no pierde la calma. Les reúne a todos y les habla: El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor. De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.
Santiago, como su hermano Juan, como su madre Salomé, como los otros diez, como todos nosotros, no ha entrado todavía en la órbita del Reino: la órbita del olvido propio y de la gratuidad. Su vida gira en torno a sí mismo. En verdad, somos vasos de barro de poco valor. Pero llevamos dentro el precioso tesoro del amor de Dios. Amor de Dios que acaba sobreponiéndose a toda flaqueza, a toda mezquindad, a toda ambición, a todo egoísmo.
La figura del apóstol Santiago está asociada a la peregrinación. Todos somos peregrinos. Todos estamos en camino; el camino del YO al ÉL. ¿Vamos por la vida con talante de peregrinos? ¿Disfrutamos del camino pero sin detenernos, como canta san Juan de la Cruz?: Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
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