25/10/2026 Domingo 30 (Mt 22, 34-40)
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Así responde Jesús al fariseo que ha preguntado cuál es el mandamiento mayor de la ley. Hablará de otra manera cuando se dirija a los discípulos en la última cena. Dirá: Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Jn 15, 12). Los dos mandamientos reducidos a uno; y el punto de referencia no yo, sino Él: como yo os he amado.
Pero, ¿es posible para nosotros, tan egoístas, amar así? El niño pequeño, muy egoísta él, absorbe el amor en brazos de mamá y papá. Nosotros lo absorbemos en los brazos de Dios. Es ahí donde se nos contagia el amor que nos lleva a donarnos con generosidad. Es ahí donde entendemos que el amor lo es todo, y que todo pierde su valor cuando llevado a cabo sin amor. San Pablo lo entiende y lo explica bien: Aunque reparta todos mis bienes y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha (1 Cor 13, 3). El que ama al prójimo ha cumplido la ley (Rm 13, 8).
Es posible que nos sintamos más cómodos con el Señor que con los prójimos. Pero si nuestro encuentro con el Señor es auténtico, Él nos enviará a los prójimos. Porque quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4, 20).
No hay mayor enemigo del amor que el propio YO. Este YO adopta formas tan variadas formas como los pecados capitales: soberbia, avaricia, etc... También el amor adopta formas variadas: la servicialidad, la humildad, la afabilidad, el perdón… De nuevo san Pablo: Amaos cordialmente los unos a los otros, estimando en más cada uno a los otros (Rm 12, 10).
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