22/10/2026 Jueves 29 (Lc 12, 49-53)
Vine a traer fuego a la tierra, y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!
Más adelante, ya sentado a la mesa de la última cena, dirá: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer (Lc 22, 15). Jesús espera ansioso la hora. La hora de la cruz. La hora de la más increíble manifestación del amor de Dios al mundo. Es un amor gratuito. Es un amor llevado hasta el extremo de la cruz. Como nos es imposible comprender al Dios-Amor, nos resulta difícil seguir el camino de la entrega total y gratuita de la cruz. Por eso necesitamos comenzar el día tratando de encender ese fuego. Primero limpiamos la mecha que suele tiznarse hasta casi apagar la llama, y luego proveemos la lámpara del aceite necesario para que se mantenga viva todo el día.
¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división.
La llama reavivada y fuerte quemará las cosas que ocupan el corazón, y que impiden que sea el Espíritu de Jesús quien lo ocupe. No habrá verdadera vida cristiana si vivimos instalados; instalados en la ley o en el pasado. Para los instalados, el Evangelio es poco menos que terrorismo.
Decía el Papa Francisco: La fe no es una cosa ornamental. Vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión. La fe comporta elegir a Jesús como criterio-base de la vida. La paz de que nos habla Jesús no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo; y elegir la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide.
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