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25/11/2023 Sábado 33 (Lc 20, 27-40)

  • 24 nov 2023
  • 2 Min. de lectura

No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven.

El texto paralelo de Marcos concluye con un rotundo correctivo a los saduceos: Andáis muy descaminados (Mc 12, 27). Los saduceos, porque ligados a las grandes familias de la clase sacerdotal, eran conservadores; no aceptaban doctrinas novedosas que no estuviesen claramente expuestas en los primeros libros de la revelación. Por eso negaban la resurrección. Claro que la exigencia de eternidad por parte del amor de Dios no fue percibida por el pueblo judío hasta los últimos siglos del Antiguo Testamento. Con mucha ironía Jesús recurre precisamente a uno de los libros de Moisés para confirmar la fe en la resurrección de la carne: Que los muertos resucitan lo indica también Moisés, en lo de la zarza (Ex 3) , cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven.

Los ojos sin fe ven en la muerte la destrucción del cuerpo y el final de todo; los ojos con fe ven en la muerte el encuentro glorioso con el Señor y el comienzo de la vida de plenitud: Cuando os haya preparado un sitio, volveré para llevaros conmigo, para que estéis donde yo estoy (Jn 14, 3). La visión o razón terrenas son incapaces de vislumbrar la realidad del eterno más allá. Por el contrario, la realidad del eterno más allá sí que es capaz de explicar e iluminar y poner esperanza en lo terreno de aquí; gracias a la fe.

La vida que Dios nos prepara no es un simple embellecimiento de la actual; esa supera nuestra imaginación, porque Dios nos asombra continuamente con su amor y con su misericordia (Papa Francisco).

 
 
 

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