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26/06/2026 Viernes 12 (Mt 8, 1-4)

  • hace 1 hora
  • 2 min de lectura

Un leproso se le acercó, se postró ante Él y le dijo: Señor, si quieres, puedes sanarme. Él extendió la mano y le tocó diciendo: Lo quiero, queda sano.

Escena para una sabrosa contemplación. Fijamos la atención en el leproso. Nos maravillamos ante su atrevimiento: se acerca a Jesús saltándose las normas que le obligan a mantener distancias. Nos sorprendemos ante su descaro: se postra ante Jesús obligándole a detenerse. Nos asombramos ante su fe: no tiene la menor duda de que Jesús puede limpiar su lepra. Nos pasmamos ante su disponibilidad para continuar leproso si Jesús así lo quiere. Señor, si quieres, puedes sanarme. Qué oración tan sencilla y tan perfecta. No hay urgencias ni angustias. Tampoco desbordamiento de gestos o palabras al quedar limpio. La suya no es la oración de menos quilates de fe de aquel hombre que suplicó angustiado: Si algo puedes, ayúdanos (Mc 9, 22). La oración del leproso se parece a la de la madre de Jesús en Caná: No tienen vino. Hay fe, hay confianza, hay convicción, hay humildad, hay atrevimiento, hay descaro…, como cuando el niño pide algo a papá o mamá.

Fijamos la atención en Jesús. Actúa de inmediato. No hace preguntas. Le tocó y dijo: lo quiero, queda sano. También él se salta las normas que prohíben tocar a un leproso. Actúa convencido de que lo bueno prevalece sobre lo malo, de que el bien echa a perder el mal; no al revés. Y no pretende sacar rendimiento del milagro. Actúa desde la más absoluta gratuidad…, como si no pudiera hacer otra cosa. Tampoco Jesús se alarga en gestos o palabras. Todo se  realiza en la mayor sencillez y sobriedad.

 

Señor, si quieres, puedes sanarme. Hago mía esta bella y sencilla oración evangélica.

 
 
 

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