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26/07/2025 Santos Joaquín y Ana (Mt 13, 24-30)

  • 25 jul 2025
  • 2 Min. de lectura

El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.

Para escenificar la parábola, necesitaremos estos actores: el dueño del campo, su enemigo, y los criados. Al que actúa como dueño del campo le daremos la consigna de mantener en todo momento una actitud tranquila. Al enemigo le pediremos que pase por escena de manera fugaz, dejándose ver solamente como una sombra. A los criados les pediremos que se muestren inquietos y preocupados por la cosecha, y críticos con el dueño del campo que parece entender poco de agricultura.

Cuando el tallo brotó y empezó a granar, se descubrió la cizaña.

El trigo y la cizaña. El bien y el mal. Se puede llegar a sospechar si el enemigo no tuvo el beneplácito del dueño del campo para sembrar la cizaña. El libro de Job así lo piensa: El Señor le dijo: Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques. Y Satán se marchó (Job 1, 12).

 

No existen campos sin cizaña. Pero lo difícil de entender y aceptar es que, según el dueño del campo, no conviene arrancar la cizaña. Esto, a los criados, nos cuesta mucho asumir. Pero, como Pablo, acabamos aceptándolo: Así que muy a gusto presumiré de mis debilidades… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 10).

 

Jesús ama hablar de su victoria con el lenguaje de las parábolas. El peor error sería querer intervenir inmediatamente extirpando del mundo lo que nos parece malas hierbas. El Reino de Dios no se instaura en el mundo con la violencia: su estilo de propagación es la mansedumbre (Papa Francisco).

 
 
 

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