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26/07/2026 Domingo 17 (Mt 13, 44-52)

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El reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en un campo: lo descubre un hombre, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todas sus posesiones para comprar aquel campo.

La fe, la verdadera fe en Jesús, hace del cristiano una persona alegre, jovial, apacible, positiva, animada. No es de recibo un cristiano que va por la vida con talante funerario. Jesús quiere que tengamos vida en abundancia (Jn 10, 10). Así lo proclama el Evangelista Juan en su primera carta: Lo que vimos y oímos os lo anunciamos también a vosotros para que compartáis nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que se colme vuestra alegría (1 Jn 1, 3-4). La fe cristiana es algo tan valioso que, quien la encuentra, no duda en venderlo todo. No son desprendimientos penosos; son opciones gozosas. Por eso que el mejor cristiano no es quien busca renuncias y sacrificios, sino quien irradia alegría y plenitud de vida.

Son muchos los bautizados. No tantos los que han descubierto el tesoro, o la perla más preciosa. Ese descubrimiento marca un antes y un después en la vida del cristiano. A unos, como a san Pablo, se les da el descubrimiento sin haberlo buscado; a otros, como a san Agustín, después de larga búsqueda.

 

Los grandes creyentes viven una vida gozosamente animada por su fe. Como Teresa de Lisieux: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en brazos y sobre las rodillas os acariciaré. Ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y amor. En verdad, nuestra vida es como la del bebé en el vientre materno; vivimos inmersos en el infinito océano del Amor.

 

 
 
 

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