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27/04/2025 Domingo 2º de Pascua (Jn 20, 19-31)

  • 26 abr 2025
  • 2 Min. de lectura

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos.

El Papa Juan Pablo II llamó a este segundo domingo de Pascua Domingo de la Misericordia. La escena del Evangelio ilustra perfectamente la misericordia de Jesús con aquellos discípulos tan asustados, encerrados en su casa por miedo a los judíos. Claro que para el Señor es cosa sencilla destruir muros. Jesús no entra, no abre puertas. Está siempre en medio, también cuando no le detectamos.

Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: Paz a vosotros.

No hay muro que se lo impida. No tiene dificultad en situarse en medio de nuestros búnkeres y deshacer miedos, traumas, oscuridades. Así es cómo nos llena de su paz.

A los ocho días estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Tomás es un discípulo especial. Tiene un agudo espíritu crítico. Sus compañeros le resultan ignorantones. Les mira por encima del hombro. ¿A quién se le ocurre creer historias como la de la resurrección? Tomás ya no está cordialmente con ellos. Las personas escépticas, como Tomás, suelen creerse más inteligentes. Quizá lo son; pero son más frágiles porque su vida carece de una roca sólida en la que apoyarse. Jesús dice a Tomás: No seas incrédulo, sino creyente.

Se lo dice a Tomás y nos lo dice a todos. Porque entendamos que es posible creernos creyentes y ser en realidad incrédulos. Así es cuando nuestra fe depende de cosas como la costumbre, la tradición, o la ley. Somos verdaderos creyentes si conservamos una actitud permanente de búsqueda humilde y sincera, con la Palabra de Dios como punto de referencia.

 

El Papa Francisco comenta: Jesús sale al encuentro de la incredulidad de Tomás invitándole a tocar sus llagas. Constituyen la fuente de la paz, porque son el signo del amor inmenso de Jesús, que derrotó a las fuerzas hostiles contra el hombre, es decir, el pecado, el mal y la muerte. Lo invita a tocar las llagas. Es una enseñanza para nosotros, como si Jesús dijera a cada uno de nosotros: Si no estás en paz, toca mis llagas.

 
 
 

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