28/07/2026 Martes 17 (Mt 13, 35-43)
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Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.
Jesús quiere hacernos ver que el bien y el mal se encuentran juntos, también en los campos mejor cuidados. Nada de pensar que unos son los buenos y otros los malos. La línea fronteriza entre el bien y el mal pasa por el corazón de toda persona; todos pecadores. Bien dijo Jesús a quienes se creían buenos ante la mujer adúltera: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra (Jn 8, 7).
El dueño del campo está convencido de que la cosecha será abundante. Se permite el lujo de que, durante esta fase de la historia que vivimos, el mal parezca tener todo a su favor. El Dueño sabe que, llegada la plenitud de los tiempos, su designio de salvación se realizará: De antemano yo anuncio el futuro; por adelantado, lo que aún no ha sucedido. Digo: Mi designio se cumplirá, mi voluntad la realizo (Is 46, 10).
Dios no se planteó una comunidad de puros. Prefirió luces y sombras juntas. Se necesitan mutuamente, como en las mejores obras de arte: Pero la Escritura incluye a todos bajo el pecado, de modo que lo prometido se entregue a los creyentes por la fe en Jesucristo (Gal 3, 22).
Ser seguidor de Jesús no supone no ser pecador. Los cercanos a Él no debemos creernos nunca superiores a nadie. Dice Teresa de Lisieux: Reconozco que, sin Dios, yo habría podido caer tan abajo como santa María Magdalena. Lo sé muy bien. Yo sé que Jesús me ha perdonado mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer. Él quiere que yo le ame porque me ha perdonado no mucho, sino todo.
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