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29/03/2029 Domingo de Ramos (Mt 21, 1-11)

  • 28 mar
  • 2 Min. de lectura

Cuando se acercaban a Jerusalén.

El Evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén es el pórtico de la liturgia del Domingo de Ramos. Jesús organiza su entrada triunfal en Jerusalén a su manera. Entrada muy distinta a la de los gobernantes romanos que entraban sobre espléndidos caballos y rodeados de soldados: Mira a tu rey que está llegando: humilde, cabalgando una borrica y un pollino (Za 9, 9). En Jesús, lo triunfal coincide con lo sencillo. El Evangelio está destinado a dar a luz un mundo nuevo desde la sencillez, sin deslumbrantes intervenciones divinas.

Jesús, lanzando un nuevo grito, expiró.

El Evangelio de la Pasión ocupa el centro de la liturgia de la Palabra del Domingo de Ramos. El Crucificado ocupa el centro de la Semana Santa…, hasta el momento de la Resurrección. Pero, ¡cuánto nos cuesta abrazar la cruz! Nos consuela saber que también a Jesús le costó: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz (Mt 26, 39).

De todos modos, poco a poco, Dios consigue que lleguemos a abrazar la cruz. Sucede cuando, puestos ante el Crucificado, sin dejar de sentir pena y arrepentimiento por nuestros pecados, comenzamos a sentir gozo y alegría por ese amor tan gratuito y tan extremo. Sucede cuando la fe se hace asombro, cuando la fe se hace casi incredulidad, al entender la imposibilidad de comprender semejante amor.

Con el Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa, semana de la Pasión del Señor. Que la vivamos como la semana de la renovación y de la regeneración de nuestra pasión por este Señor nuestro que nos amó hasta el extremo. Como dice san Agustín, declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo. O como dice san Pablo, Dios nos libre de gloriarnos si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6, 14).

 
 
 

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