30/03/2026 Lunes Santo (Jn 12, 1-11)
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Allí le ofrecieron una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa.
Allí: en Betania. Las dos hermanas, Marta y María, le obsequian con una cena por haber devuelto a la vida a su hermano Lázaro. Y, aunque se palpa en el ambiente su próximo fin, Jesús quiere celebrar la vida. Le gusta celebrar las cosas buenas de la vida: la amistad, la gratitud, la mesa, el perfume…
Marta se desvive por Jesús con el servicio; María le expresa su amor derramando un perfume de nardo puro, muy costoso, en los pies de Jesús y enjugándoselos con sus cabellos. Se basta ella para ambientar la casa: la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Jesús encuentra en la casa de sus amigos un cálido refugio. Están a un tiro de piedra de Jerusalén pero la ciudad, tan religiosa ella, abunda en corazones de piedra cargados de hostilidad. No solo en la ciudad; también hay quienes están sentados a su mesa y no sintonizan, no entienden de amores gratuitos: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? Judas debe saber mucho de asuntos sociales o económicos, pero sabe poco de lo que Jesús llamó, también en Betania, lo único necesario (Lc 10, 42). No sabe del don de Dios, del que habló a la Samaritana (Jn 4, 10). También hoy vemos cómo hay quienes se sientan a la mesa de Jesús con caras serias, pero no sintonizan lo más mínimo con Él.
No olvidemos nunca los seguidores de Jesús que es el amor lo que da sentido a nuestra vida y lo que perfuma la casa de Betania que es la Iglesia.
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