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30/08/2026bDomingo 22 (Mt 16, 21-27)

29 ago
2 min de lectura

A partir de entonces Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día.

A partir de entonces; a partir del momento crucial en el que los discípulos, por boca de Pedro, han hecho su primera profesión de fe: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. A partir de entonces Jesús va a presentar la cruz a sus discípulos en repetidas ocasiones. Es algo que a todo discípulo resulta muy difícil de comprender y asumir. Pedro, con la mejor voluntad, intentó disuadir a Jesús: ¡Dios te libre, Señor! No te sucederá tal cosa.

Pedro no comprende. Nosotros tampoco. ¿Por qué la cruz? ¿No habría podido Dios arreglar el mundo de una manera menos dramática? ¿Por qué las tragedias de Nepal, del Congo, de Ucrania, de Gaza, etc.? ¿Por qué tantas tragedias personales cercanas a nosotros de accidentes, de enfermedades, de matrimonios rotos, etc.? Estamos ante el gran misterio de la fe cristiana: el misterio de la cruz. Tocamos el corazón de la fe cristiana. Estamos ante la revelación de la verdad definitiva de un Dios que es amor. El misterio de la cruz se confunde con el misterio del amor. Jesús tenía que ir a Jerusalén; no podía ser de otra manera. La cruz es la más espectacular manifestación del amor de Dios. Jesús nos dice:

Quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

Gastar los talentos propios, las energías, y el propio tiempo solo para cuidarse, custodiarse, y realizarse a sí mismo conduce en realidad a perderse; o sea, a una vida triste y estéril. Pretenderemos, como Pedro, seguir a Cristo, ser cristianos, sin la cruz. Pero no es posible. Jesús insiste, con sus palabras y con su vida, que no existe verdadero amor sin sacrificio, sin el olvido de uno mismo.

 
 
 

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