31/03/2026 Martes Santo (Jn 13, 21-33; 36-38)
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Jesús se turbó en su interior y declaró: Os aseguro que uno de vosotros me entregará.
Sucede durante la cena. Una cena, por cierto, muy distinta de la de ayer en Betania. En Betania el ambiente fue cálido, con la casa llena del olor del perfume. Aquí, no; Jesús se siente traicionado y abandonado.
La traición de Judas suele ser vista como icono de la más abominable perversión humana. Esto conduce a pensar equivocadamente que tal abominación está lejos de nosotros. Habría que entender que tal desenlace es, normalmente, la conclusión lógica de pequeñas traiciones previas. Por eso que el Evangelista Juan insinúa cuando, a propósito del comentario de Judas ante el derroche del perfume de María, dice: Lo decía no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como llevaba la bolsa, sustraía de lo que ponían en ella (Jn 12, 6).
Pero también se dan traiciones imprevistas, como la de Pedro: Te aseguro que antes de que cante el gallo, me negarás tres veces. Es que llevamos ese tesoro en vasijas de barro (2 Cor 4, 7). Y también nosotros, como Pablo, estamos vendidos al poder del pecado (Rm 7, 14). De todos modos, el designio de salvación de Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4) se llevará a cabo. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia (Rm 11, 32).
Tres discípulos aparecen en este pasaje: Judas, Pedro y Juan. Tratando de identificarnos con cada uno de ellos, ponemos los ojos en Jesús: tiende la mano a Judas; mira con ojos comprensivos a Pedro; con su corazón marca el ritmo del corazón de Juan.
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