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01/02/2026 Domingo 4º (Mt 5, 1-12a)

  • Foto del escritor: Angel Santesteban
    Angel Santesteban
  • hace 11 minutos
  • 2 Min. de lectura

Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y los instruyó en estos términos.

El espíritu del Antiguo Testamento está codificado en los diez mandamientos que, entre truenos y relámpagos, Dios entregó a Moisés en la cima del Sinaí. El espíritu del Nuevo Testamento está codificado en las Bienaventuranzas que Jesús proclama apaciblemente desde una colina. Cada una de las Bienaventuranzas es un rasgo de Jesús; todas juntas son su retrato.

Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece.

Jesús, a pesar de tanta contradicción y tanto rechazo, fue un hombre equilibrado, libre, feliz. Y todos los seguidores de Jesús, todos los cristianos, estamos llamados a ser felices como Él, siendo fieles fotocopias suyas. Jesús fue feliz porque fue pobre de corazón. Y fue pobre de corazón porque, como los niños con sus papás, vivió con toda naturalidad su total dependencia del Padre y confió plenamente en Él.

Nuestras iglesias no abundan en ricachones, en famosos influencers, o en personajes populares del espectáculo, pero abundan en personas equilibradas, libres, felices. Hace dos mil años san Pablo hacía esta observación: Fijaos, hermanos, en vuestra asamblea: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido para humillar lo poderoso (1 Cor 1, 26). San Pablo, contemplando nuestras asambleas cristianas del siglo 21, repetiría las mismas palabras.

¡Dichosos! De eso va la cosa. Jesús vino al mundo para eso, para que seamos dichosos; para que tengamos vida en abundancia (Jn 10, 10). Las Bienaventuranzas son un reto para nosotros. Estamos llamados a proclamarlas desde una vida dinámica, luminosa, entregada; no desde una vida momificada, instalados en unas tradiciones rancias.

En las Bienaventuranzas Jesús comparte con nosotros su experiencia personal de búsqueda y descubrimiento del camino de la felicidad.

 
 
 

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