Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
Pertenece. En presente de indicativo, no en futuro. Vivir como niños, confiando plenamente en Dios porque conscientes de la propia fragilidad, es pertenecer al reino; es ser felices. A quienes creemos poco en el amor, nos suena esto a cuento de hadas. Pero es la pura realidad; o Jesús no habría insistido tanto en que aprendamos a vivir como niños: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18, 3).
Los discípulos regañan a las mamás que acercan sus niños a Jesús. No entienden a Jesús. Creen que todo lo referido a Él debe estar revestido de seriedad. Para ellos los niños son un estorbo; con sus correrías y lloriqueos distraen a los adultos.
¡Cuánto pueden enseñarnos los niños! Es cuestión de saber mirarles, dejando resonar en lo interior las palabras de Jesús. A los niños se les escapa Dios por los ojos. ¡Tanta sencillez, tanta alegría, tanta confianza! En verdad, si no nos hacemos como niños no entramos en el Reino de Dios.
Juliana de Norwich (siglo XIV) vivió intensamente esta realidad. El Papa Benedicto dice de ella que sus escritos contienen un mensaje de optimismo fundado en la certeza de que Dios nos ama y su providencia nos protege. Ella misma escribe: Vi con seguridad absoluta que Dios, aun antes de crearnos nos ha amado con un amor que nunca ha disminuido y que nunca se desvanecerá… Con este amor Él ha hecho que todas las cosas resulten útiles para nosotros… Incluso del mal Dios sabe sacar un bien más grande… Todo será bien; todo será para bien.
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