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01/04/2025 Martes 4º de Cuaresma (Jn 5, 1-16)

  • 31 mar 2025
  • 2 Min. de lectura

Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Eran multitud los enfermos allí congregados: ciegos, cojos, paralíticos… Pero, como sucede en el Evangelio de Juan, Jesús singulariza a uno en representación de todos ellos: los de entonces y los de ahora. Aquel hombre lleva treinta y ocho años enfermo. El mismo número de años que necesitó Israel para cruzar el desierto y llegar al torrente de Zered (Dt 2, 14). Son muchos años. Tantos como para haberse habituado y resignado a su lamentable forma de vida. Así que la propuesta de Jesús no le entusiasma.

¿Quieres recobrar la salud? Es necesario mucho temple, o estar pasándolo realmente mal, para, después de tantos años, levantarse de una situación que, no siendo ideal, tampoco es tan dramática. Así que este hombre reacciona echando a otros la culpa de su desgracia. El Papa Francisco comenta: En su forma de hablar hay un tono de lamento: está resignado pero también amargado. Una actitud que hace pensar en muchos católicos sin entusiasmo y amargados que se dicen a sí mismos: Yo voy a misa todos los domingos pero es mejor no comprometerse.

Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua.

Ya no se preocupa de pedir ayuda. Es la viva imagen de quien proclama que no es posible una vida sana y animosa cuando vivimos enrollados en lo nuestro. Necesitamos mediadores o amigos. Necesitamos saber que para vivir la frescura del Evangelio hay que ir más allá del sentido común o de la razón. O viviremos como los caracoles, paralizados por nuestros pesados caparazones, sin idea del levántate, toma tu camilla y echa a andar.

 
 
 

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