01/05/2020 San José Obrero (Mt 13, 54-58)
- 30 abr 2020
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¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero?
Los habitantes de Nazaret estaban orgullosos de su paisano más famoso. Pero cuando vieron con sus propios ojos y oyeron con sus propios oídos cosas que no cabían en sus casillas mentales o religiosas el fervor se transformó en escándalo. Para ellos, la majestad de Dios no es compatible con la humildad y la pobreza de un hombre de manos encallecidas por el trabajo.
Hoy celebramos la fiesta del trabajo instituida en 1889 y puesta bajo tutela de san José, el carpintero de Nazaret, por el Papa Pío XII en 1955. Es la fiesta de todos, porque todos somos trabajadores; también los que, por edad, estamos jubilados. Trabajar, en su sentido más amplio, es ocuparse en mejorar la vida propia y la de los demás; comenzando por los más cercanos. En este sentido, preocuparme y orar por las personas enfermas o tristes con quienes convivo, es trabajo: el mejor de los trabajos. Si me preocupo y oro por esas personas, buscaré y encontraré la manera más discreta y eficaz de hacerles la vida más agradable. Será posible que este trabajo de dedicación a los demás sea correspondido con el desdén o el menosprecio. Jesús supo mucho de esto. Y Él ya nos avisó: el discípulo no está por encima del maestro (Mt 10, 24).
Escribe el Papa Francisco: El compromiso del trabajo y la vida del espíritu, en la concepción cristiana, no están de ninguna manera en contraste entre sí. Oración y trabajo pueden y deben ir de la mano, en armonía. La falta de trabajo perjudica al espíritu, como la ausencia de oración hace daño también a la actividad práctica.
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