01/06/2026 San Justino (Mc 12, 1-12)
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Un hombre plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; se la arrendó a unos viñadores y se marchó.
La viña designa tanto al Israel histórico como a una realidad siempre actual. La viña es el pueblo de Dios. En aquel momento, el pueblo judío; hoy, la humanidad entera. Los viñadores son, en aquel momento, los dirigentes judíos; hoy, todos y cada uno de nosotros. Tanto amó Dios al mundo, a su viña, que entregó a su Hijo. Jesús deja claro que nada hará desistir a Dios en su empeño de salvar al mundo.
Los viñadores se dijeron: Es el heredero. Lo matamos y la herencia será nuestra.
También a los creyentes nos cuesta entender la vida, y todo lo que nos rodea, como un regalo que Dios pone en nuestras manos. También nosotros, no solo los no creyentes, adoptamos actitudes de propietarios comportándonos como dueños. Por ejemplo, cuando intentamos excluir a quienes trabajan en la viña pero no lo hacen según nuestros gustos.
¿Qué hará el dueño de la viña? Irá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.
Todo parece indicar que nada ha cambiado. Los nuevos viñadores seguimos tan rebeldes como los antiguos. Pero, no. Jesús lo cambia todo: Yo he llevado a cabo la obra que me has mandado realizar (Jn 17, 4). Es cuestión de aprender a mirarlo todo con los ojos de la fe. Porque la cosa no consiste en nuestra mayor o menor fidelidad, sino en la absoluta fidelidad de Dios.
Intentaron arrestarlo, porque comprendieron que la parábola era para ellos.
¿Comprendemos que la parábola es también para nosotros? La parábola nos invita a considerar si Jesús es siempre el referente de todo nuestro pensar y obrar.
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