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01/07/2023 Sábado 12 (Mt 8, 5-17)

  • 30 jun 2023
  • 2 Min. de lectura

Al entrar en Cafarnaún, un centurión se le acercó y le suplicó: Señor, mi criado está en casa, acostado con parálisis, y sufre terriblemente.

Es curioso. En Mateo, es un centurión romano preocupado por la salud de su criado; en Juan (4, 46), un funcionario real preocupado por la salud de su hijo. Es que en el ámbito de la fe las diferencias se difuminan: lo familiar y lo no familiar, lo profano y lo sagrado…; todo se unifica.

Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que pronuncies una palabra y mi criado quedará sano.

Palabras que nos remiten a las de Pedro tras la pesca milagrosa: Aléjate de mí, señor, que soy un hombre pecador (Lc 5, 8). Ante la grandeza del Señor constatamos nuestra pequeñez y nos juzgamos indignos de estar cerca de Él; no digamos de que nos lave los pies. Pero como eso es precisamente lo que Él quiere, debemos llegar a amar nuestras fragilidades e impotencias. Por eso, cuando nuestros labios repiten las palabras del centurión antes de comulgar, nuestro corazón debe adoptar la actitud de Zaqueo cuando el Señor se autoinvitó a su casa: Se apresuró a bajar y le recibió con alegría (Lc 19, 6).

Al oírlo, Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: Os lo aseguro, una fe semejante no la he encontrado en ningún israelita.

Antes que una buena conducta, lo primero que Jesús exige a quienes le seguimos es la fe. Quiere, ante todo, que confiemos y nos apoyemos en Él. Santa Teresa de Lisieux escribe: Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre.


 
 
 

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