01/09/2026 Martes 22 (Lc 4, 31-37)
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Había en la sinagoga un hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo, que se puso a gritar: ¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios.
Todos los presentes quedan asombrados. En otras ocasiones, la gente se asombra ante el señorío de Jesús sobre la enfermedad, sobre las fuerzas de la naturaleza…, o de la misma muerte. Esto, para nosotros creyentes, es motivo de profundo consuelo, porque sabemos que cualquier demonio inmundo que llevamos dentro y nos amarga la vida será, antes o después, destruido por Él. Aquel hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo acude a la sinagoga como un devoto más. Todo parece normal y nada llama la atención de sus vecinos, hasta que llega Jesús. Había dicho en Nazaret que había venido para proclamar a los cautivos la libertad. Nadie más cautivo que quien vive esclavizado por sus propios demonios.
¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: ¡el Consagrado de Dios!
El mundo del mal es oscuro y confuso. El demonio inmundo habla en plural y en singular. Decía el papa Francisco: El demonio convence para hacer las cosas con relativismo, tranquilizando la conciencia. Anestesia la conciencia. Cuando el mal espíritu consigue anestesiar la conciencia, se puede hablar de una verdadera victoria suya, se convierte en propietario de esa conciencia.
Jesús responde en singular: ¡Calla y sal de él! Y aquel hombre conoce la paz. Cuando sintamos que la fe se nos apaga o pensamos que el mal está ganando la partida a Dios, contemplemos a este Jesús que ordena y manda: ¡Calla y sal de él! Y escuchemos a Pablo: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20).
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