31/08/2026 Lunes 22 (Lc 4, 16-30)
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Fue a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró un sábado en la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura.
En el Evangelio de Lucas, la actividad pública de Jesús comienza en la sinagoga de su pueblo Nazaret. Allí, ante su gente, proclama que su misión será la de proclamar el año de gracia del Señor. El año de gracia judío se celebraba cada 50 años (Lev 25, 10). La tierra descansaba, los esclavos recobraban la libertad, las deudas eran condonadas. El año de gracia de Jesús designa los nuevos tiempos mesiánicos en los que hombres y mujeres de toda raza y religión somos liberados de todas las miserias e indigencias que nos agobian.
Concluida la lectura del profeta Isaías, Jesús dice: Hoy, en presencia vuestra, se ha cumplido este pasaje de la Escritura. Se hace un pesado silencio en la sinagoga. Contemplamos a Jesús en este momento. Vemos cómo se identifica con la Palabra de Dios. No es de extrañar que Jesús insista tanto en la necesidad de la Palabra para sus seguidores: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4, 4). El que es de Dios escucha las palabras de Dios (Jn 8, 47).
Los nazarenos que contemplan a Jesús, en lugar de alegrarse con sus palabras, se enfurecen: Al oírlo, todos en la sinagoga se indignaron. Conocen bien su origen humilde. No puede ser que algo tan grande quepa en algo tan pequeño. El rechazo acompaña a Jesús desde Belén hasta el Calvario, pasando por Nazaret: Vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11).
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