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01/12/2024 Domingo 1º de Adviento (Lc 21, 25-28; 34-36)

  • 30 nov 2024
  • 2 Min. de lectura

Comenzamos el nuevo año litúrgico, comenzamos el Adviento, volviendo a las mismas palabras que Jesús nos proponía estos pasados días sobre su segunda venida. Debemos intentar aunar las dos venidas: la primera, que celebramos en Navidad, y la segunda que celebramos el día de nuestra muerte. Debemos vivir en todo momento en clave de Adviento.

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas.

¿Qué nos quiere decir Jesús con un lenguaje tan apocalíptico? Nos dice que cuando veamos que todo parece hundirse bajo nuestros pies, cuando todo se ponga muy muy negro, entonces precisamente tenemos que cobrar ánimo y levantar la cabeza, porque se acerca nuestra liberación.

Levantar la cabeza, como los Magos de Oriente, para ver la estrella y seguirla. Porque la vida es muchísimo más que lo de aquí y ahora. Porque es cosa sabia vivir el presente relativizando el pasado. Porque es cosa más sabia aún llegar a relativizar el presente con la mirada puesta en el futuro. Porque lo más grande de nuestra existencia no está ni en el hoy ni en el ayer, sino en el mañana.

Cuidad que no se emboten vuestros corazones.

Si la obesidad corporal es un serio trastorno, la obesidad espiritual lo es más. Y si es necesaria una buena dosis de fuerza de voluntad para estar físicamente ágiles, más necesario es el empeño por mantenernos ágiles en lo interior.

Velad en todo momento, pidiendo poder escapar de cuanto va a suceder y presentaros ante el Hijo del Hombre.

Jesús nunca se dejó avasallar por nada ni por nadie. Tampoco por ocupaciones o preocupaciones. Tampoco por la rutina o la comodidad. ¿Cuál fue su secreto? Todos los días se las ingeniaba para encontrar un rato y un lugar para estar a solas con Abbá. A nosotros nos corresponde igualmente encontrar a diario el rato y el lugar para orar, para estar con Él. No es cuestión de meditar o reflexionar. No es cuestión de encontrarme conmigo mismo. Es cuestión de encontrarnos con Él poniendo los ojos y el corazón en las páginas de los Evangelios.

 
 
 

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