13/01/2026 Martes 1º (Mc 1, 21b-28)
- 12 ene
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Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
No como los escribas, que saben mucho sobre la Palabra de Dios, pero no sabiéndola orar, no la han convertido en alma de sus vidas. La suya es una oratoria docta, pero repetitiva y moralizante. Sin embargo, a Jesús le escuchan asombrados. Lo que dice resulta novedoso y atractivo. No predica doctrina o normas. Proclama el gran acontecimiento del Reino de Dios ya presente entre ellos. Jesús ha hecho de la Palabra de Dios el alma de su vida, de manera que cuando la presenta a los demás aparece como nueva. Él es el dueño de la casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas (Mt 13, 52).
Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo.
Todos sabemos de espíritus inmundos que se cobijan en los más recónditos recovecos de nuestra persona y de nuestra historia: miedos, compulsiones, trastornos psíquicos, traumas... Todo lo que ensombrece la vida es espíritu inmundo. ¡Y resulta tan difícil eliminarlos! Claro que pueden desaparecer sin más. Es que la acción divina está presente en todo lo que sucede, por trivial que parezca. Y, si solicitada, a su tiempo, acaba expulsando todo espíritu inmundo.
Se puso a gritar: ¿Qué tenemos nosotros contigo? ¿Has venido a destruirnos?
Los espíritus inmundos tratan de rehuir la confrontación; Jesús no se lo permite. Para eso ha venido, para destruir todo mal, de modo que podamos disfrutar de vida en abundancia: Cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo principado, dominación y potestad (1 Cor 3, 24). Acercándome a Él, estando junto a Él, me va liberando de todo espíritu inmundo.
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