02/02/2026 Presentación del Señor (Lc 2, 22-40)
- Angel Santesteban

- hace 8 horas
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Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor.
Las madres judías, según la ley de Moisés, tenían que esperar cuarenta días después del parto para purificarse y entonces presentar al niño en el templo (Nm 18). El pueblo cristiano, en sintonía con las palabras de Simeón, ha hecho de esta celebración la fiesta de la luz: Luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel.
Cuando José y María entran en el templo, un anciano desconocido les detiene, toma al niño en sus brazos y pronuncia unas palabras sorprendentes; tanto que su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. El anciano, arrebatado en éxtasis, exclama: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Pocas estampas como ésta para ilustrar la inexplicable realidad de la fe. Las personas que pasaban cerca no vieron cosa especial en aquel bebé. Solamente a dos ancianos les fue revelado el misterio. Fue el preludio de la revelación que recibimos los creyentes.
La luz de la fe es cosa admirable, mágica. José y María, tan cercanos a Jesús y tan involucrados en el misterio, son los primeros sorprendidos. Vivir la vida de fe significa conocer días gozosamente luminosos y días penosamente oscuros. Las maneras de Dios nunca dejan de asombrarnos. ¿Por qué no unos milagros espectaculares de modo que toda rodilla se doble ante Él? ¿Por qué no?
La Presentación del Señor es la fiesta de la luz y de la sorpresa. El Papa Francisco dice que la capacidad de maravillarnos ante las cosas que nos rodean favorece la experiencia religiosa y hace fructífero el encuentro con el Señor.
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