31/01/2026 San Juan Bosco (Mc 4, 35-41)
- Angel Santesteban

- hace 2 horas
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Aquel día, al atardecer, les dijo: Pasemos a la otra orilla.
Aquel día en que Jesús ha pronunciado varias parábolas; como que Marcos nos está invitando a leer el episodio de la tempestad en clave de parábola. Aquel día Jesús invita a los discípulos a pasar a la otra orilla, a la región hostil y pagana de los gerasenos. Jesús siempre pide a sus seguidores que no nos instalemos en nuestras zonas de confort, que abandonemos seguridades y rutinas, que salgamos a las periferias. Y no nos dice pasad; nos dice: pasemos. Está con nosotros en la misma barca.
Se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca que estaba a punto de anegarse.
La multitud ha quedado atrás. La experiencia de la tempestad es cosa del discípulo…, y de Jesús. A solas. Es una experiencia espantosamente dura, pero gloriosamente transformante. La tempestad (llamémosla sufrimiento, crisis, cruz, noche oscura), pone al descubierto nuestra vulnerabilidad y dinamita las falsas seguridades sobre las que construimos nuestras vidas. La tempestad borra los maquillajes con que disfrazamos unos egos siempre dispuestos a aparentar. La tempestad nos abre a la serenidad de la humildad, al gozo de la dependencia, y a la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Y mientras ellos lo pasan fatal, Él duerme en la popa sobre un cojín. Cuando, dominados por el pánico, le despiertan les dice: ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?
Jesús asocia el miedo con la falta de fe. La confianza en un Dios Padre y la experiencia de su amor incondicional ofrecen al ser humano la mejor base espiritual para afrontar la vida con paz: Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros (1 P 5, 7).
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