¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?
Nos cuesta poco ejercer de jueces en la vida. Nos sentimos con derecho a juzgar y criticar. No es que nos falten razones para ello: con la sociedad, con los políticos, con los vecinos… Pero ese es el camino que conduce a la negatividad y al pesimismo, y avinagra la convivencia. Así sucede con cristianos responsables y piadosos, pero de poca fe. Cristianos que temen que el mundo se le ha ido a Dios de las manos.
Por eso que una muy importante tarea de todo creyente, es la de aprender a mirar. Aprender a mirar como miraba Jesús. ¿Cómo se aprende eso? Santa Teresa de Jesús responde: No os pido ahora que penséis en Él ni que saquéis muchos conceptos; no os pido más de que le miréis. Mirad que no está aguardando otra cosa sino que le miremos. Y es que, como dice san Juan de la Cruz, el mirar de Dios es amar.
Dediquemos tiempo a mirar cómo nos mira el Señor a nosotros. Dediquemos tiempo también a mirar cómo mira a otros. Por ejemplo, con el Evangelio en la mano, miramos cómo miró Jesús a Pedro cuando le negó tres veces. El Evangelista Lucas dice: El Señor se volvió y miró a Pedro (Lc 22, 61).
Estamos llamados a crear buena armonía en los entornos en que nos movemos. Esa buena armonía no es algo que brote espontáneamente; es algo que hay que cultivar y hacer crecer en nuestro interior. Somos como las plantas de maceta que necesitan un continuo cuidado para lucir lozanas y frescas, y así alegrar los ojos de quienes las ven.
El Papa Francisco dice: Jesús nos invita a limpiar nuestra mirada; a mirar a los demás como lo hace Él mismo. Dios no ve en nosotros errores irremediables, sino que ve hijos que se equivocan.
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