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02/03/2026 Lunes 2º de Cuaresma (Lc 6, 36-38)

  • 1 mar
  • 2 Min. de lectura

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.

El pasado sábado, Jesús nos invitaba a ser perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Hoy nos dice que la perfección es compasión, misericordia, perdón. Estos son los auténticos rostros del amor.

Jesús es el rostro de la misericordia del Padre. Jesús, con su palabra y sus gestos y toda su persona, revela la misericordia de Dios. Su misión ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. Y, ante la gravedad del pecado, Jesús nos dice cómo Dios responde con la plenitud del perdón. Porque la misericordia será siempre más grande que cualquier pecado y nadie puede poner límites al amor de Dios que perdona.

El amor de Dios es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de su ser por el propio hijo; es amor visceral. En las tres parábolas de la misericordia, oveja, moneda e hijo perdidos, aparece la misericordia como la fuerza que todo lo vence.

Nosotros, creyentes que creemos por encima de todo en el amor, estamos llamados a vivir en misericordia porque sabemos que a nosotros se nos ha aplicado misericordia. Lo ponemos de manifiesto en el perdón.

Es cierto que nuestra capacidad de misericordia y de perdón nunca llegará al nivel del de nuestro Padre del cielo. Lo que importa es que siempre aspiremos a ello, y lo pidamos con insistencia.

En nuestro actuar como Dios, en el perdón incondicional, radica el secreto de nuestra plenitud como personas. Como canta Pablo: El amor es paciente, es amable… No toma en cuenta el mal. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Cor 13, 4-7).

 
 
 

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