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02/08/2026 Domingo 18 (Mt 14, 13-21)

1 ago
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Al atardecer los discípulos fueron a decirle: El lugar es despoblado y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a las aldeas a comprar algo de comer.

Ante las necesidades de la gente, los discípulos reaccionan echando mano del sentido común humano; que cada uno se arregle como pueda. Parece lo más razonable. Pero lo razonable no encaja bien con Jesús. Jesús, ante las necesidades de la gente, recurre a soluciones insospechadas: No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer. Es una invitación a ver en toda necesidad una oportunidad para solucionar el asunto echando mano de la fe. También los creyentes tenemos una fuerte tendencia a dejarnos condicionar por nuestras limitaciones, olvidando nuestras posibilidades: Os lo aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores  (Jn 14, 12).

No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer.

Contemplamos a este Jesús tan sensible ante las penurias humanas: la enfermedad, el hambre… Tengamos presente que el hambre tiene muchos rostros, porque todo ser humano está hambriento de cariño y de atención. Y tengamos presente que estas hambres no son percibidas por quien vive encerrado en sí mismo. Dadles vosotros de comer: provocad el milagro.

Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados.

Jesús podía haber sacado de la nada los alimentos necesarios, pero quiere necesitar de la generosidad de quienes tenemos algo; por poco que sea. Cuando nos acercamos a la Eucaristía debemos hacerlo con los mismos sentimientos de Jesús ante la multitud necesitada: con la compasión y con la voluntad de compartir. Sin estos sentimientos, o al menos el deseo de tenerlos, no hay Eucaristía verdadera.

Comieron todos, quedaron satisfechos, recogieron las sobras y llenaron doce cestos.

El verdadero milagro consiste en dejarme afectar por las necesidades ajenas, en creer que es posible un mundo más justo y fraterno, y en poner de mi parte lo poquito que está en mi mano.

 
 
 

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