02/09/2026 Miércoles 22 (Lc 4, 38-44)
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La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella.
El gesto de Jesús con la suegra de Pedro tiene distintos matices en los sinópticos. En Mateo: la tomó de la mano. En Marcos: la tomó de la mano y la levantó. Lucas: se inclinó sobre ella e increpó a la fiebre. El resultado es idéntico en todos ellos: la fiebre desaparece y ella se puso a servirles.
Quien ha sido tocado por Jesús y sanado de sus fiebres, dedica su vida al servicio. El servicio es el sello de identidad de quien ha sido liberado de fiebres como el orgullo, el poder, el dinero…, que tienen al hombre encadenado al ego.
Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban. Él ponía las manos sobre cada uno y los sanaba.
Hoy andamos mejor que entonces en cuanto a enfermedades físicas, pero peor en cuanto a enfermedades psíquicas. Vivimos en una sociedad enferma. Quienes gozamos de mejor salud, estamos llamados a presentar al Señor a los enfermos.
Él ponía las manos sobre cada uno y los sanaba. Estamos contemplando a un Jesús que pone en práctica lo que proclama: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10). Y nosotros, creyentes, tenemos que dedicarnos, como Él, a sanar, a liberar del mal. Lo hacemos, como Él, tomando de la mano al postrado. Y que el enfermo perciba en nuestros ojos la fuerza sanadora de la fe.
Para eso es necesario imitar también a Jesús en lo que era la primera tarea de su día: Por la mañana salió y se dirigió a un lugar despoblado. Para estar a solas con el Padre.
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