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02/12/2025 Martes 1º de Adviento (Lc 10, 21-24)

  • 1 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

En aquella ocasión, con el júbilo del Espíritu Santo, dijo: ¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla.

Es bueno ser cumplidores y ser razonables tanto en actitudes como en conductas, pero todo esto no es del agrado del Señor si no hay humildad: Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, oh Dios, tú no lo desprecias (Salmo 51, 20). A santa Teresa le sorprendía la predilección de Dios por la humildad: Una vez estaba yo considerando por qué razón nuestro Señor es tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira.

A lo largo de la historia ha habido casos famosos de aparentes santidades que no lo fueron por falta de humildad. Como el de las monjas de Port-Royal (siglo XVII), tan austeras y tan rebeldes. De ellas se dijo: Puras como ángeles, soberbias como demonios. Aquellas monjas representan un cierto catolicismo siempre presente en nuestra Iglesia: el catolicismo jansenista, pijo, siútico.

En aquel momento, ¿quiénes eran para Jesús los sabios y entendidos? Los fariseos que se consideraban mejores que los demás. ¿Quiénes eran y quiénes son la gente sencilla? Los que escuchan sus palabras y, aunque no las entiendan, confían en Él.

Contemplamos a este Jesús intimando con sus discípulos. Ellos no son tan propensos a intimar. Jesús les enseña a hacerlo y así fortalece los lazos de unión.

 

 
 
 

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