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24/01/2026 San Francisco de Sales (Mc 3, 20-21)

  • 23 ene
  • 2 Min. de lectura

Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: Está fuera de sí.

También el Evangelista Juan nos dice que ni siquiera sus hermanos creían en Él (Jn 7, 5). Lo cual confirma la sospecha de que mucha gente pensaba lo mismo: Muchos decían: Está endemoniado y loco, ¿por qué le escucháis? (Jn 10, 20).

Desde el sentido común humano, es una opinión razonable. Eso de que Jesús, hombre de carne y hueso,  se proclame Dios, no tiene ni pies ni cabeza. Así lo reconoce san Pablo: Como el mundo, mediante su propia sabiduría, no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación… Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles… Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina más fuerte que los hombres (1 Cor 1, 21-25).

Los parientes de Jesús son buena gente. Cumplen la ley de Dios y son fieles a las prácticas religiosas. Tienen sentido común y consideran que quien se sale de su bien establecido estilo de vida no está en sus cabales. La contemplación de Jesús, atosigado por sus parientes, nos muestra lo fácil que es pensar que amamos a un pariente o amigo, pero amarle mal. Quizá por tratarse de un amor posesivo, o quizá por pretender hacer al otro a nuestra imagen y semejanza sin cederle espacios para crecer.

La actitud de aquellos parientes de Jesús nos lleva a recordar la de José y María en el templo de Jerusalén: Ellos no comprendieron (Lc 2, 30). Pero José y María no intentan imponer su criterio; aceptan el, para ellos, incomprensible camino de Jesús.

 
 
 

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