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03/03/2024 Domingo 3º de Cuaresma (Jn 2, 13-25)

  • 2 mar 2024
  • 2 Min. de lectura

Se hizo un látigo de cuerdas, y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los cambistas y volcó las mesas.

Sorprende mucho contemplar a Jesús dando latigazos a hombres y animales. ¡Está realmente enfurecido! Le enfurece que los piadosos convirtamos lo religioso en un negocio; le enfurece que el dinero se introduzca en el santuario, haciendo olvidar lo esencial de la relación con Dios: la gratuidad. Quitad eso de aquí y no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado.

A este gesto tan insólito y dramático en la vida de Jesús solemos llamar la purificación del templo. Jesús nos está diciendo a gritos que también nosotros debemos empeñarnos en desterrar toda actitud mercantil en nuestra relación con Dios, porque Dios no sabe de compras o de ventas, de precios o de transacciones. Dios solo sabe de esplendidez y de gratuidad.

Jesús se enfada con quienes se aprovechan del templo en beneficio propio. Esto lo entendemos bien cuando se trata de ganar dinero o prestigio. Pero, ¿lo entendemos tan bien cuando se trata de ganancias de tipo espiritual? Porque mientras se trate de conseguir algo gracias a nuestros esfuerzos o ejercicios de piedad, necesitaremos la purificación de nuestro templo. En la casa y en las cosas de Dios no se conocen el intercambio o la reciprocidad; se conoce solamente la gratuidad. Recordemos: Sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5). Y san Pablo nos lo repite: Es Dios quien, por su benevolencia, realiza en nosotros el querer y el obrar (Flp 2, 13).

La relación con el Señor de mi vida es más auténtica cuando lo mío no me importa y, como dice san Juan de la Cruz, pongo los ojos solamente en Él.

 

 
 
 

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