Cuando se puso en camino llegó uno corriendo, se arrodilló ante Él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar vida eterna?
En camino hacia Jerusalén. El hombre que se le acerca parece dispuesto a hacer todo lo que Jesús le diga. Es un hombre honrado; cuando Jesús le habla de cumplir los mandamientos, responde lisa y llanamente: Todo esto lo he cumplido desde joven. Pero cuando Jesús le pide que venda lo que tiene y le siga, aquel hombre, abatido ante estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.
Entristecido, porque se ve a sí mismo sin fuerza para hacer lo que Jesús le pide. Debería haber continuado arrodillado ante Jesús y pedirle esa fuerza que le falta, porque lo que es imposible para los hombres, no lo es para Dios. Aquel hombre necesitaba mucha fuerza, todos la necesitamos, para, olvidando lo nuestro, comenzando por nosotros mismos, seguir a Jesús por el camino hacia Jerusalén. No es posible seguirle por el camino sin salir del cerco de nuestras propias murallas.
Jesús ha hablado de los mandamientos como algo suficiente; y así es para la mayoría de los mortales. Pero para los pocos privilegiados que aspiramos a una mayor plenitud gracias al don de la fe, los mandamientos no son suficientes. A nosotros Jesús nos exige el cumplimiento de la ley en su plenitud: el amor es el cumplimiento cabal de la ley (Rm 13, 10).
El Papa Francisco dice que, quien está demasiado apegado a sus propias ideas, difícilmente sigue realmente a Jesús; lo sigue un poco, solo en las cosas en las que Jesús está de acuerdo conmigo. El verdadero discípulo, en cambio, sabe interrogarse a sí mismo, sabe buscar humildemente a Dios todos los días.
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