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03/04/2025 Jueves 4º de Cuaresma (Jn 5, 31-47)

  • Foto del escritor: Angel Santesteban
    Angel Santesteban
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido.

Continúa la confrontación. Los judíos le acusan de hacerse igual a Dios, y Jesús aduce testimonios que avalan su identidad. Como el testimonio del Padre: Otro atestigua a mi favor, y yo sé que su testimonio es fidedigno. Como el testimonio  de las Escrituras: Vosotros investigáis las Escrituras ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí.

Podríamos decir, en defensa de aquellos hombres, impermeables a las palabras de Jesús, que Jesús habla de un Dios en el que a todos nos resulta difícil creer: el Dios de los pequeños, de los pecadores, el Dios de la gratuidad…

Para Jesús, para el evangelista Juan, y para todo creyente, la Escritura entera hace referencia a Jesús. O se lee desde Él o pierde sentido. Jesús es centro y fin de las Escrituras. Tanto sintonizaremos con Jesús, cuanto más le escuchemos en las Escrituras. Esta escucha es la mejor manera de superar el ego. Así nos convertimos en testimonio vivo de Jesús. Entendamos que testimonio y martirio son, en el fondo, la misma cosa. Unos, los menos, son llamados a llevar el testimonio hasta la sangre; otros, los más, somos llamados a ofrecer nuestro testimonio desde las contrariedades de la vida diaria, comenzando por las dificultades de la convivencia.

¿Por qué los interlocutores de Jesús se muestran alérgicos a sus palabras? Porque están llenos de sí mismos. Esto sigue dándose entre personas que son buenas y piadosas, pero que viven demasiado ocupadas consigo mismas. Solamente saliendo de lo nuestro llegamos a gozar de la Luz, como dice san Juan de la Cruz: Sal fuera de ti y gloríate en tu gloria.

 
 
 

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