03/04/2026 Viernes Santo (Jn 18, 1 - 19, 42)
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Jesús tomó el vinagre y dijo: Todo se ha cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu.
Contemplar al Crucificado con mirada cínica, como la de los dirigentes judíos, nos lleva a pensar en lo absurdo de toda cruz. Porque, ¿dónde están las solemnes promesas del ángel de Dios a María en la Anunciación? Y, ¿en qué queda la pretensión de Jesús de ser Hijo de Dios?
Contemplar al Crucificado con mirada de fe, como la de María, nos lleva al estupor, a la pena, al agradecimiento. Estamos ante el momento supremo de la suprema revelación del amor de Dios. Es como para llorar de alegría, porque ¿quién nos separará del amor de Cristo? En todo vencemos de sobra gracias al que nos amó (Rm 8, 35-37).
No nos detengamos en lo más superficial del misterio de la cruz, en la sangre o el dolor. Entremos más adentro para descubrir a Dios: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre sabréis que yo soy (Jn 8, 28). El amor llevado hasta el extremo aparece sin filtros, sin reservas, sin condiciones. Entremos más adentro en el misterio de la cruz para descubrir a los prójimos: Amaos como yo os he amado (Jn 13, 34). Entremos más adentro en el misterio de la cruz para descubrir quienes somos nosotros: Sabed que os han rescatado no con plata y oro, sino con la preciosa sangre de Cristo (1 P 1, 18-19). Jesús inyectó en la cruz la sangre del amor. Vista así y así vivida, la cruz es fuente de vida y de consuelo.
Pero la cruz es incomprensible para quien no se abre a la escucha de la sabiduría de Dios. El Señor Jesús, el Señor del universo, es el Señor crucificado. No es posible proclamarlo Señor, sin aceptarlo crucificado.
Este día de Viernes Santo es el día para la contemplación del Crucificado. Día de lágrimas y de gozo. Lágrimas, por lo que ven los ojos; gozo, por lo que ve la fe. El Evangelista Juan dice al comienzo de su Evangelio: Nosotros hemos visto su gloria. La vio a los pies de la cruz; es ahí donde mejor resplandece la gloria de Dios.
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