31/05/2026 Santísima Trinidad (Jn 3, 16-18)
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Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Coronamos lo celebrado estos meses pasados con este domingo de la Santísima Trinidad: Dios-Padre, Dios-Hijo, Dios-Espíritu Santo; Dios-Amor; Dios que todo lo puede…, excepto no amar. Entendamos bien que el misterio trinitario se nos abre solamente a través de la experiencia de comunión en la oración.
De niños, aprendimos la señal de la cruz invocando a la Trinidad: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Es lo primero que memorizamos, aunque suele ser lo último que asimilamos. Sin entender nada, hemos estado invocando a la Trinidad desde niños. Ahora, de mayores, vemos claro que la inteligencia no es de gran ayuda para penetrar en el misterio trinitario. Pero no nos demos por vencidos, porque sí que es posible penetrar en el misterio trinitario, aunque no con la cabeza. Las primeras palabras del Evangelio de hoy nos muestran el camino.
Tanto amó Dios al mundo. Es una muy buena oración la que hacemos repitiendo estas palabras como un mantra o jaculatoria. Muy buena oración, porque la podemos repetir en cualquier momento y en cualquier lugar. Muy buena oración, porque nos va introduciendo en lo profundo del misterio del Dios-Amor. Muy buena oración, porque nos hace vivir a la luz del sabernos amados. Muy buena oración, porque va desterrando de nosotros cualquier tipo de temor: No cabe temor en el amor; antes bien, el amor expulsa el temor, porque el temor entraña castigo (1 Jn 4, 18).
El Papa Francisco decía: Con el gesto más simple, con la señal de la cruz, trazando la cruz sobre nuestro cuerpo, recordamos cuánto nos ha amado Dios, hasta dar la vida por nosotros, y nos repetimos que su amor nos envuelve completamente, de arriba abajo, de izquierda a derecha, como un abrazo que no nos abandona nunca. Al mismo tiempo, nos comprometemos a testimoniar a Dios-Amor, creando comunión en su nombre.
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