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03/12/2025 San Francisco Javier (Mt 15, 29-37)

  • 2 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: Siento compasión de la gente, porque llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer.

Jesús se muestra en todo momento delicadamente sensible ante el sufrimiento; más que ante el pecado. La fuente de tan fina sensibilidad está en el rato que, cada mañana, dedica a sintonizar con Abbá: Al hacerse de día salió y se fue a un lugar solitario (Lc 4, 42). Así es Dios. Porque, ¿acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49, 15).

Le dijeron los discípulos: ¿Dónde podríamos, en un lugar tan despoblado como éste, conseguir suficiente pan para toda esta gente?

¿Cómo podríamos nosotros hoy aliviar tanta necesidad y tanto sufrimiento como vemos a nuestro alrededor? Si nos presentamos ante el Señor y se lo preguntamos habremos comenzado a resolver los problemas del mundo, sea el dolor de muelas del vecino, sea la paz en el país de Jesús. Él nos responderá: ¿Cuántos panes tenéis? Nosotros, con toda sencillez, le presentamos los pocos panes que tenemos. Jesús los bendice y todos comieron y se saciaron.

No podemos vivir indiferentes ante los sufrimientos o necesidades de los demás. Sabemos que lo que podemos hacer es muy poco. No tenemos más que, siete panes y unos pocos pececillos. ¿Qué es eso ante tanta necesidad?

Pero debemos tener claro que cuando ponemos en sus manos lo que tenemos, Él obra el milagro. Podría convertir las piedras en pan. Pero prefiere multiplicar lo poco y pobre que tenemos cuando lo ponemos a su disposición. El secreto es tan sencillo, o tan complicado, como el compartir.

 
 
 

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