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04/03/2021 Jueves 2º de Cuaresma (Lc 16, 19-31)

  • 3 mar 2021
  • 2 Min. de lectura

Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas.

La parábola es una ilustración de lo que Jesús ha dicho poco antes: No podéis servir a Dios y al dinero (v. 13). El rico de la parábola no siempre vistió ostentosamente, ni siempre banqueteó opíparamente, ni siempre ignoró al pobre echado a su puerta. El dinero, poco a poco, ha producido la cirrosis del corazón; lo ha petrificado sin que el rico haya caído en la cuenta. Sucede lo que en un ambiente cerrado: solamente quien viene de fuera se percata de la atmósfera enrarecida. Y cuando se quiere ayudar a una persona así, el cúmulo de resistencia es indecible (Papa Francisco).

El hombre rico de la parábola, como todo aquel que idolatra el dinero, está incapacitado para ver al pobre y compadecerse de él. ¡Qué difícil su conversión! ¡Qué difícil desprendernos de lo que obstaculiza la cercanía al necesitado! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos (Mt 19, 24).

Además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan hacerlo; ni de ahí puedan pasar hacia nosotros.

Ese gran abismo se encuentra en el corazón humano. Para los hombres, imposible superarlo; pero no para Dios. El rico del Evangelio vive en su ambiente cerrado, se fía solamente de sí mismo, pierde la brújula. Él sabía quién era ese pobre, porque después, cuando habla con Abrahán, le dice: ¡Envía a Lázaro! Hay un límite del cual difícilmente se vuelve atrás. Y es cuando el pecado se transforma en corrupción (Papa Francisco).

 
 
 

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