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04/04/2025 Viernes 4º de Cuaresma (Jn 7, 1-2; 10; 25-30)

  • Foto del escritor: Angel Santesteban
    Angel Santesteban
  • hace 59 minutos
  • 2 Min. de lectura

Cuando ya habían subido sus parientes a la fiesta, subió también Él, no en público, sino a escondidas.

Según el Evangelio de Juan, esta es la tercera vez que Jesús sube a Jerusalén. Las dos anteriores (2, 18 y 5, 13) habían acabado mal. Los dirigentes religiosos le tienen declarada la guerra: Los judíos trataban con mayor empeño de matarle porque, no solo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios (Jn 5, 18). Por eso Jesús ahora toma sus precauciones.

Si Jesús era un problema para las autoridades, para la gente resultaba desconcertante: Entre la multitud se murmuraba mucho de Él. Unos decían que era bueno, otros que no, que engañaba a la gente (Jn 7, 12). Es porque creían saberlo todo sobre sus orígenes, y el Mesías estaba supuesto a tener un origen misterioso. Sus propios parientes se habían distanciado de Él: Ni siquiera sus hermanos creían en Él (v. 5). Jesús podría haberse visto afectado negativamente por el rechazo y la incomprensión que sufre. Pero, no. El saberse Hijo le da alas para sobrevolar esa atmosfera tan enrarecida.

 

A quienes creen conocer a Jesús, su humanidad les impide un conocimiento más profundo; su humanidad imposibilita la aceptación de su divinidad. Y, sin embargo, el camino a la divinidad es precisamente el de la humanidad. No es necesario deshacerse de lo humano para encontrar lo divino. Al contrario. Es en la humanidad de Jesús donde Dios ha llevado a cabo la manifestación más gloriosa de la divinidad. Dice santa Teresa: Para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita.

 
 
 

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