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04/05/2025 Domingo 3º de Pascua (Jn 21, 1-19)

  • 3 may 2025
  • 2 Min. de lectura

Después Jesús se apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades.

Este Evangelio es como una parábola de la vida del discípulo, de todo cristiano. Aquellos discípulos, pescadores experimentados, no pescaron nada. Era de noche, estaban sin Jesús. Pero la luz se abría camino: Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. La oscuridad de la noche y del fracaso da paso a la luminosidad del día y al gozo de la abundancia. Dios no sabe ser tacaño. Evocamos la abundancia de vida; (Jn 1, 10), la abundancia del vino de Caná (Jn 2, 7); la abundancia de los panes de la multiplicación (Jn 6, 13); la abundancia de la misericordia: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). Dios disfruta del placer de la generosidad. De ahí su predilección por quienes menos merecen: los más pobres, los más inconscientes, los más rebeldes.

El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor.

Jesús suele hacerse presente en nuestras vidas especialmente en las horas más bajas. Al principio no le reconocemos. Pero llega el día en que, gracias a un Juan que Dios pone en nuestro camino, sí le reconocemos y hacemos nuestras estas tres palabras: ES EL SEÑOR. Jesús, Señor de la vida y de la historia; Jesús, aquel en quien todo encuentra sentido. Ahí arranca la etapa de madurez del discípulo, cuando todo se centra en lo esencial: el amor.

Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Jesús no pide explicaciones sobre el pasado. Tampoco pregunta si el discípulo se cree capaz de afrontar el futuro. La única pregunta es: ¿me quieres? Por eso que, mientras nos afanamos en la pesca y en las ocupaciones diarias, tenemos la mirada puesta en el Señor Jesús que nos espera en la orilla para invitarnos a saciar definitivamente toda nuestra hambre de felicidad: Venid y comed. Así habló entonces a aquellos discípulos, y así nos habla hoy a todos nosotros.

 
 
 

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