05/02/2026 Santa Águeda (Mc 6, 7-13)
- Angel Santesteban

- hace 7 horas
- 2 Min. de lectura
Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, confiriéndoles poder sobre los espíritus inmundos.
Fue hace muy poco que instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios (Mc 3, 14). Según nuestros criterios, no están todavía preparados para la misión; su conocimiento de Jesús y su fe son muy limitados. Evidentemente debemos sustituir nuestros criterios por los suyos, y aprender a aceptar maneras deficientes de seguimiento y de evangelización. Al fin y al cabo, no es nuestra elocuencia la que toca los corazones, sino su Espíritu.
Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja.
No les da instrucciones sobre qué decir; les dice cómo comportarse. Lo esencial de la misión no son los medios, sino una vida que se asemeje a la suya. Nada de revestir de poder el Evangelio; así es cómo lo desnaturalizamos. Jesús nos está pidiendo que confiemos más en Él y menos en nosotros. La Buena Noticia es para los pobres, y el enviado debe parecerse a ellos.
Si en un lugar no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudíos el polvo de los pies como protesta contra ellos.
Sin insistencias, sin pesadumbres. Como Él: cuando los gerasenos le piden que se aleje de su territorio, Jesús sube a la barca y se va (Mc 5, 18).
Se fueron y predicaban que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Contra todo pronóstico, les fue bien. Volverán contentos. Jesús les escuchará, les felicitará, y se preocupará de que descansen: Venid a un lugar solitario para descansar un poco (v. 31).
Comentarios