05/03/2026 Jueves 2º de Cuaresma (Lc 16, 19-31)
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Había un hombre rico, que vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y había un pobre, llamado Lázaro, cubierto de llagas y echado a la puerta del rico.
Podemos pensar a veces que cada uno tiene la vida que se merece. Que el rico lo es por sus dotes de inteligencia y de trabajo; y que el pobre lo es porque…, se lo tiene bien ganado. Jesús no solo no comparte este modo de pensar, sino que proclama con su vida y con sus palabras que Dios está de parte de los pobres.
Hijo, recuerda que en vida recibiste bienes y Lázaro por su parte desgracias.
Detrás de estas palabras resuenan aquellas otras: ¡Ay de vosotros, los ricos!, porque ya recibís vuestro consuelo (Lc 6, 24). El rico no hace ningún daño al pobre echado a su puerta; simplemente le ignora. Por eso se le condena: Apartaos de mí malditos. Porque tuve hambre y no me disteis de comer (Mt 25, 41-42). Una señal que me dice bien si el Evangelio ha penetrado en mi vida es si sé compartir o no sé compartir lo mío: mis posesiones, mi tiempo, mi fe…
Si no escuchan a Moisés ni a los profetas, aunque un muerto resucite, no le harán caso.
Los ricos de corazón no están abiertos a la escucha; tampoco si resucita un muerto. La riqueza ensordece oídos y endurece corazones. Con esta parábola, Jesús no pretende mantenernos en el camino de la sensatez y de la solidaridad con la amenaza del miedo. Pretende decirnos que la vida en plenitud comienza allí donde la Palabra de Dios es escuchada; esa Palabra que conduce al encuentro solidario con el hermano.
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