05/04/2026 Domingo de Resurrección (Jn 20, 1-9)
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El primer día de la semana, muy temprano, todavía a oscuras, va María Magdalena al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro.
El primer día de la semana. Es decir, el día que sigue al sábado judío, el día que para los cristianos será el día del Señor, el domingo.
Todavía a oscuras. A oscuras por fuera, porque todavía no ha salido el sol, y a oscuras por dentro, porque todavía María Magdalena no cree que Jesús, al que tanto quiere, haya resucitado.
La piedra está retirada del sepulcro. La fe en el Resucitado retira las piedras que nos agobian: los miedos, las desilusiones, las desconfianzas, las negatividades, los pesimismos…
María Magdalena, toda nerviosa, corre a comunicar la noticia a Pedro y a Juan. Les dice: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Fijémonos en que María Magdalena llama a Jesús SEÑOR. Es la palabra más bella, y más categórica, y más contundente de todo el Evangelio. Proclamar a Jesús SEÑOR es hacer de Él el corazón de la historia humana y la razón de ser de todo lo que existe. San Pablo dice: Si confiesas con la boca que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios le resucitó de la muerte, te salvarás (Rm 10, 9). La fe cristiana se encarna en esta palabra. Cuando esta palabra, SEÑOR, brota de lo hondo del corazón, salimos de nosotros mismos. La palabra SEÑOR se convierte en raíz de la oración y en luz de la vida, y nos da una visión global de la existencia.
Para llegar a la fe en el Resucitado necesitamos salir corriendo, como Pedro y Juan, del lugar en que nos encontramos. Nunca llegaremos quedándonos donde estamos, en una religiosidad estancada, momificada. Cuando la palabra SEÑOR no brota de lo hondo del corazón, entonces la vida cristiana se reduce a leyes y cumplimientos, a costumbres y rutinas.
En este domingo de Resurrección cantemos gozosos el ALELUYA. Porque Jesús vive, y porque creemos en Él, EL SEÑOR.
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