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05/06/2025 San Bonifacio (Jn 17, 20-26)

  • 4 jun 2025
  • 2 Min. de lectura

Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos.

Son las últimas palabras de la oración sacerdotal de Jesús en el cenáculo. Jesús, consciente de que la hora ha llegado, ha orado por su glorificación identificándola con la glorificación del Padre. Si toda su vida ha sido glorificación del Padre, su muerte y resurrección van a ser la manifestación suprema del Dios-Amor.

Jesús ha orado por el grupo de discípulos que tiene junto a sí: Guárdalos con tu nombre a los que me diste para que sean uno como nosotros. La unidad de los seguidores de Jesús es cosa garantizada por el Espíritu, también cuando parecemos divididos. Pensemos menos en la unidad de los cristianos y más en la tarea diaria de construir fraternidad en nuestro pequeño mundo a base de servicio, perdón, amabilidad…

Ahora, con estas últimas palabras de su oración, Jesús ora por los futuros creyentes para que sean uno en nosotros. Al decir: les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, Jesús piensa en la cruz. Y presenta al Padre su deseo: Quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy, para que contemplen mi gloria. Y: Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Unidad no es uniformidad. Al Espíritu no le atraen los desfiles de soldados perfectamente uniformados y sincronizados.

Si oramos pausadamente esta oración de Jesús, sentiremos cómo el Espíritu de Jesús, Espíritu que es Amor, nos envuelve. Comprenderemos gozosamente que esta es la realidad fundamental de todo lo que existe.

 
 
 

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