05/09/2026 Sábado 22 (Lc 6, 1-5)
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Unos fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis en sábado una cosa prohibida?
Con la ley en la mano los fariseos tienen toda la razón. Con el Evangelio de Jesús en el corazón, la pierden. A los cristianos, como a los judíos, nos acecha la misma tentación del legalismo. Vemos, por ejemplo, como hay cristianos que viven el día del Señor como un deber que hay que cumplir. No saben celebrar el domingo como un día de gozo; como cuando nos sentamos a la mesa para una buena comida disfrutando de la convivialidad. Cuando Jesús no ocupa el centro de una vida, habrá otras cosas que ocuparán el centro de esa vida. En quienes sufren de legalismo el centro estará ocupado por mandamientos y tradiciones; las cosas se harán porque se tienen que hacer, sin un significativo por qué.
El Hijo del Hombre es señor del sábado.
El domingo cristiano, como el sábado judío, es una celebración del señorío de Dios y de la libertad del pueblo. Es perfectamente normal que los no creyentes no lo celebren con este sentido. Pero es perfectamente ridículo convertir el sábado en una carga pesada. No permitamos que el día del Señor sea hipotecado por el legalismo. Vivamos el día del Señor con la fruición de quien satisface gustosamente la mayor necesidad de la vida: la de expresar la centralidad de Dios en nuestra vida y la de explicitar comunitariamente nuestra fe en Jesús de Nazaret. El suyo es el señorío sobre todo señorío; la suya, la ley por encima de toda ley.
No se hizo el hombre para el domingo y el fin de semana, sino que el domingo y el fin de semana fueron hechos para el hombre.
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