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05/11/2023 Domingo 31 (Mt 23, 1-12)

  • 4 nov 2023
  • 2 Min. de lectura

Les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros.

El Evangelio escuchado hoy es solo el comienzo de una mordaz diatriba de Jesús contra escribas y fariseos. Un poco más adelante llega a llamarles raza de víboras. No olvidemos que se trata de personas piadosas, de buena conducta, respetadas por el pueblo. Resulta sorprendente, muy sorprendente, la inmisericorde virulencia de Jesús hacia ellos. ¿Por qué tanta severidad? Porque, como dice el Papa Francisco, tienen una idea pelagiana de la santidad, individualista y elitista, más ascética que mística, que pone el énfasis principal en el esfuerzo humano. Nada se opone más obstinada y sutilmente al Evangelio de Jesús que la religiosidad farisea, pelagiana y jansenista, presente también entre nosotros, siempre empeñada en adulterar el Evangelio con la excusa de una santidad más depurada. La primera crítica de Jesús se dirige a lo exterior; a la importancia que se da a la fachada, a la indumentaria, a las distinciones. Pero lo peor es lo que esa fachada esconde.

El Papa Francisco, en su exhortación con motivo del 150 aniversario del nacimiento de santa Teresita, nos dice que la actitud más adecuada es depositar la confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de un Dios que ama sin límites y que lo ha dado todo en la Cruz de Jesucristo… La confianza plena, que se vuelve abandono en el Amor, nos libera de los cálculos obsesivos, de la constante preocupación por el futuro, de los temores que quitan la paz. En sus últimos días Teresita insistía en esto: Los que corremos por el camino del amor creo que no debemos pensar en lo que pueda ocurrirnos de doloroso en el futuro, porque eso es faltar a la confianza. La genialidad de Teresita consiste en llevarnos al centro, a lo que es esencial, a lo que es indispensable.

 
 
 

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