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06/04/2026 Lunes de la Octava de Pascua (Mt 28, 8-15)

  • 5 abr
  • 2 min de lectura

Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos.

A toda prisa…, con miedo y gran gozo. Les cuesta creer que el crucificado haya resucitado, como se lo acaba de decir el ángel del Señor. ¡Es tan increíble la noticia!

Nadie vio salir del sepulcro a Jesús. Tampoco los soldados que Pilato, a petición de los judíos, vigilaban el sepulcro noche y día (Mt 27, 66). Ellos solamente saben que, en un cierto momento, el sepulcro apareció vacío. No son testigos de la resurrección. El argumento del sepulcro vacío es insuficiente para creer en la resurrección. El argumento decisivo para creer en la resurrección es la fe que el Señor otorga a quien quiere. Pedro lo dice así en el libro de los Hechos: Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con Él después de resucitar de la muerte (Hechos 10, 40).

Los primeros testigos son las mujeres: Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Salve! Ellas se acercaron, se abrazaron a sus pies y se postraron ante Él. Ahora sí que creen algo tan increíble como que aquel a quien habían visto masacrado en la cruz está vivo. Naturalmente, quienes no creen, las tienen por ilusas.

Ellos tomaron el dinero y siguieron las instrucciones recibidas. Así se difundió ese cuento entre los judíos hasta el día de hoy.

Las redes sociales actuales favorecen la proliferación de bulos, o fake news. Los ha habido siempre. A quienes vivimos iluminados por la luz del Resucitado nos resulta sencillo no dejarnos embaucar.

 
 
 

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