06/05/2026 Miércoles 5º de Pascua (Jn 15, 1-8)
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Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
Jesús se presenta a sí mismo como la vid, al Padre como el viñador, y a nosotros como los sarmientos. El viñador sabe bien que todo sarmiento necesita ser podado para dar fruto: A todo sarmiento que da fruto lo poda para que dé más fruto. El viñador considera a los sarmientos parte integrante de la vid, porque la misma savia los anima. El fruto de la adhesión del sarmiento a la vid es el amor; y con el amor, la plenitud, la vida en abundancia.
Pero, ¿en qué consiste la poda? En seguir el camino de Jesús. Porque, quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga (Mt 16, 24). El camino de Jesús es el del amor. Y amor y cruz son, con frecuencia, sinónimos. Porque, como dice San Pablo, el amor es paciente, no busca su interés, todo lo excusa, todo lo soporta (1 Cor 13, 4-7).
Nos cuesta reconocerlo, pero su gracia, usando la herramienta de la edad, nos lo va haciendo comprender. Es en la cruz donde actúa Dios con mayor eficacia. Lo sabe bien San Juan de la Cruz: Oh noche que guiaste – Oh noche amable más que el alborada – Oh noche que juntaste – Amado con amada – Amada en el Amado transformada.
Job, que también sabe mucho de podas y de noches, dice: Reconozco que lo puedes todo. Hablé sin entender de maravillas que superan mi comprensión. Te conocía solo de oídas, ahora te han visto mis ojos (Job 42, 2-5).
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